OPINIÓN
6 de enero de 2026
¿Qué tendrá que ver Vaca Muerta con Maduro?

¿Qué tendrá que ver Vaca Muerta con Maduro?
¿Qué tendrá que ver Vaca Muerta con Maduro? Esa fue también mi primera reacción. Una pregunta casi automática, de esas que parecen absurdas hasta que uno empieza a unir los puntos. Y cuando los puntos se unen, el dibujo es bastante claro: tiene mucho que ver. Muchísimo.
Porque si Venezuela —una potencia petrolera histórica— vuelve a jugar en serio en el tablero energético mundial, lo primero que ocurre es obvio: aumenta la oferta de petróleo. Y cuando aumenta la oferta, el precio tiende a aflojar. Eso no es una abstracción teórica ni un debate de economistas: es un problema concreto para todos los países que hoy están intentando subirse al tren exportador. Entre ellos, la Argentina.
Venezuela tiene una ventaja estructural enorme. En 1996 producía 3,3 millones de barriles diarios. Hoy no llega al millón: ronda los 900 mil. El chavismo destruyó la industria petrolera, sí, pero al mismo tiempo dejó algo que ahora es clave: margen. Mucho margen. Si Venezuela lograra recuperar —no digo superar— los niveles de producción de hace 20 años, estaría multiplicando por cuatro su producción actual.
Argentina no tiene esa espalda. Nuestro país tuvo su pico en los 90, después se desplomó, y recién ahora volvió a niveles similares a los de Venezuela. Pero multiplicar por cuatro no es una opción realista. Vaca Muerta puede crecer, claro, pero no con esa velocidad ni con esa facilidad.
Ahí aparece el primer impacto: una Venezuela produciendo fuerte puede empujar los precios internacionales hacia abajo. Hoy el barril está entre 55 y 60 dólares. Si baja de los 50, Vaca Muerta empieza a crujir. No se apaga, pero entra en zona de incomodidad: menos rentabilidad, menos margen, menos entusiasmo inversor.
Pero eso es solo una parte de la historia.
La otra —tal vez más delicada— tiene que ver con las inversiones. Si Estados Unidos impulsa una normalización venezolana, si el neochavismo que queda decide “arreglar” la economía porque ya no hay más margen para el desastre, Venezuela puede convertirse rápidamente en un imán para capitales internacionales. Sobre todo estadounidenses.
Y acá aparece una competencia directa. Son las mismas empresas, los mismos fondos, los mismos jugadores que hace poco escuchamos decir —en boca del secretario del Tesoro de Estados Unidos— que estaban listos para invertir en Argentina. Ahora tendrían otra canasta donde poner los huevos. Y una canasta con petróleo más barato de extraer, con infraestructuras ya conocidas y con un potencial de crecimiento inmediato.
En ese escenario, Argentina compite con un precio del petróleo más débil, con un dólar que también tiende a debilitarse y con un esfuerzo enorme para garantizar retornos atractivos en Vaca Muerta. No es imposible, pero es más difícil.
Por eso Maduro y Vaca Muerta no son mundos separados. Están conectados por el mercado, por la geopolítica y por la inversión. La caída de un régimen en Caracas no es solo una noticia política regional: puede ser un dato económico clave para el futuro energético argentino.
Y como casi siempre, el problema no es que el mundo se mueva. El problema es qué tan preparados estamos nosotros para movernos con él.
Fuente: Cadena 3
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